Por cada calle blanca
que tu aliento respiró;
por cada mar de aguas claras
que su vida de fresca corriente
dejó de amar a tus llanuras.
Por cada segundo de paz,
que te sorprendió, en un momento,
que en una mano, una cintura
de voces que se quebraban, que se quejaban
de la garra, de la prisión, de la injusticia...
Por cada recuerdo,
por cada esperanza;
por la misma estupidez
de no saber sacar a flote,
la propia casa.
Por cada golpe de tierra
que te pide que te quedes
y que aprendas que la farsa,
es querer eludir la propia carga.
Flavio Natalucci